La Columna del Presidente

Brecha económica y social entre regiones persiste a 16 años de la descentralización.

Han pasado casi 16 años desde noviembre del 2002, en que se inició el proceso de descentralización para impulsar el desarrollo económico y social de las regiones. Sin embargo, es poco lo que se ha avanzado en el logro de esos objetivos, persistiendo notorias desigualdades, según el Índice de Progreso Social Regional del Perú 2017, elaborado por Centrum Católica.

El estudio indica que luego de un periodo de crecimiento económico continuo de aproximadamente 13 años desde el 2005, las disparidades resaltan que las regiones con mayor progreso social se encuentran en la costa, mientras en la sierra los indicadores no son favorables, y en la selva se encuentran los niveles más bajos de bienestar.

Solamente cuatro regiones están consideradas con niveles “medio alto” de progreso social. Moquegua (67.47 puntos), Lima Metropolitana (65.63), Ica (65.46) y Tacna (65.30). Lima Metropolitana, donde se concentra la mayor actividad económica, no alcanza el nivel alto de progreso social, ubicándose en el segundo lugar de la lista, luego de Moquegua.

Las 18 regiones con nivel “medio bajo” de progreso social son Arequipa, Lima Provincias, Callao, La Libertad, Áncash, Lambayeque, Tumbes, Apurímac, Huancavelica, Piura, Ayacucho, San Martín, Puno, Junín, Cusco, Cajamarca, Amazonas y Huánuco. Las regiones con baja calidad de vida son Madre de Dios, Pasco, Ucayali y Loreto.

¿Pero qué es lo que, aparte de las condiciones que enfrentan las tres regiones del país por su ubicación geográfica, hace que pese a la descentralización de las competencias y de los recursos, persista esta desigualdad en el Índice de Progreso Social de las regiones?

Fundamentalmente, la falta de una adecuada infraestructura en carreteras, ferrocarriles, puentes, puertos marítimos y fluviales, aeropuertos y vías de comunicación que unan transversalmente a las tres regiones, mediante el comercio y la integración económica y social. Ningún país ha progresado sin una infraestructura que una a sus pueblos y lo conecte con el mundo.

El otro tema es la carencia de una eficiente gestión de la mayoría de los gobiernos subnacionales y municipales, tanto en la oportuna y adecuada generación de proyectos de inversión, como en su capacidad de gasto, que en el mejor de los casos alcanza un promedio del 75% de los recursos asignados. El rimbombante “shock” de inversiones aún no se siente en las regiones.

Pero, además, subsiste un problema estructural desde el inicio del proceso de descentralización. Lo que se hizo en el 2002 fue convertir los 25 departamentos en regiones, dándole a Lima un régimen especial. Esto no ha permitido superar las desigualdades económicas, así como en lo político, el caciquismo y el clientelismo, del hibrido departamento-región que tenemos ahora.

Una regionalización bien hecha debería haber unido transversalmente a los departamentos económicamente complementarios, al margen del canon minero. Por ejemplo, un departamento puede ser rico en minería pero pobre en agricultura, mientras que otro puede ser lo contrario.

La idea es que ninguna región debería quedarse sin mar, sin cordillera y sin selva. De esta manera, una compensaría la carencia de la otra. Esto unido a la desconcentración del poder político y las respectivas autonomías económicas y administrativas hubieran dado lugar a la formación de sólidas macro regiones.

Pero las regiones no solo se deberían agrupar por razones económicas y territoriales, sino también considerando factores históricos, sociales y culturales, que son estratégicos para que exista una buena interacción que permita al Estado actuar utilizando los ingentes recursos que disponen para modernizar la gestión pública e impulsar el desarrollo de las regiones.

Solo así será posible acortar las enormes brechas económicas y sociales que aún las separa, permitiendo integrar a un país más justo y equitativo.

 

Yolanda Torriani del Castillo
Presidente de PERUCÁMARAS